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Archive for 17 septiembre 2017

Corrupción y ciudadanía

Ecuador vive una de las crisis éticas más profundas de las últimas décadas. A diario se descubren las profundas ramificaciones de la corrupción por casos de enriquecimiento ilícito, de proyectos de infraestructura con millones de dólares de sobreprecio y de sobornos pagados por empresas privadas a servidores públicos.

Cuando sufrimos el robo de un bien personal, como el teléfono celular, inmediatamente sentimos que se nos ha despojado de algo que nos pertenece. Pero cuando alguien se apropia de los recursos públicos nos resulta más difícil experimentar la pérdida. Esta es la tragedia de lo público: los recursos públicos en lugar de ser de todos, pareciera que son de nadie.

La corrupción no sólo se da cuando pocos se apropian de los recursos públicos. También ocurre cuando se impone la cultura del irrespeto a la palabra y a las leyes. El incumplimiento, por ejemplo, de las normas de construcción generó la pérdida de tantas vidas durante el terremoto de abril del 2016. La corrupción es, por tanto, la peor forma de violencia porque no sólo roba sino que también mata.

Adicionalmente, la corrupción reduce la credibilidad de las instituciones públicas, profundiza la desigualdad y siembra la desconfianza en los demás. Por ello, quizás el peor daño que nos hace la corrupción es que nos roba la esperanza de que es posible construir una sociedad justa en la que las oportunidades sean de todos y no de unos pocos que se apropian de los recursos públicos.

Dada la rapidez con la que se difunde, pareciera imposible vencer la corrupción. Combatirla es, en efecto, difícil pero es posible y urgente. Para poder derrotarla es esencial tener una ciudadanía organizada y consciente de que la corrupción es el mayor mal que enfrenta nuestra sociedad. Por ello, la lucha contra la corrupción no debe incluir solo reformas de las políticas y la legislación sino que debe privilegiar una estrategia cultural que permita la emergencia de liderazgos éticos, auténticos y transformadores, así como la práctica de valores como la justicia, la honestidad y la legalidad.

No obstante, no se nace siendo ciudadano. La ciudadanía se aprende ejerciendo derechos y obligaciones cívicas. Sólo uniéndonos en nuestros barrios, ciudades y cantones para exigir que los recursos públicos se manejen con transparencia y austeridad, lograremos construir comunidades donde se honre la decencia y donde, como no se pierde un centavo, es posible el desarrollo para todos.

Artículo publicado en El Diario de Manabí el 7 de julio del 2017

 

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